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lunes, 28 de septiembre de 2026

El cofre del oro en la playa de Maro

 Nunca se lo conté a nadie. 


Robar con clase sin ser detectado era mi sino.

La mejor forma de hacerlo es esconderle a los pijos algún trasto apreciado en su  propia tienda de campaña.

Una vez que se ponen a buscarlo se tiene entrada libre para robar algo de dinero, no todo, sin que puedan percibir.

Los pijos que practican campismo son incapaces de salir de su dorado hogar sin llevarse sus joyas ni alardear de pudientes.

Muchos las pierden en las playas y cuentan que se las han robado.

Eso a pesar de buscarlas con desesperación nunca las encuentran.

La mayoría de las cosas valiosas de una persona son robadas por sus propias amistades.

En ese percal sacar provecho es importante.

Robar unos billetes a los engreídos fornicadores no tiene desperdicio.

Nunca ataqué en el sitio donde guardan el monto de su dinero en una tienda de campaña o una caravana.

Solo cogí del dinero al uso que tenían a mano.

Ese monto tiene el don del desagüe de gastos en el merendero de copas con los amiguetes, las esposas y los hijos.

Les quitas unos billetes cuando estén bien borrachos y pensarán que lo han gastado.

Ocurre lo mismo cuando dejan una joya suelta en el barullo de invitados en la playa de Maro.

Perdidos en la borrachera sueltan anillos, pulseras o pendientes en cualquier parte a la vista de todos.

La mayoría de las veces en el dormitorio o en la caravana.

Con la juerga bien avanzada cabe la posibilidad de desaparecer para mear.

No hay que buscar en los escondrijos. 

Esos mejor no tocarlos nunca.

Porque entre el barullo de gente yo prefiero el dinero al uso.

Esconderle una pulsera a un hombre o mujer los hará creer que la perdieron en la arena.

Pero la encontrarán cuando menos lo esperan.

El trasiego de amiguetes siempre despista a las mujeres tanto como a los hombres.

Henchidos de follar con los folla amigos el orgullo les puede.

Les escondes la cafetera con la que hacen café para los invitados y ya juegas al despiste.

Hurtas dinero al uso y no sabrán en qué lo gastaron.

Si buscan la cafetera nunca se darán cuenta.

Lo bueno es que yo siempre estaba enganchado con alguna extranjera follando como buen ladrón.

Transcurridos veinte fui acumulando dólares y libras esterlinas.

Mayor cantidad de divisas perpetuas y lo justo para vivir en pesetas españolas.

También en otras divisas amasé en ese cofre hermético.

Cofre que le quité a una pareja de coleccionistas ingleses que viajaban en una caravana de lo más asquerosa repleta de artilugios.

Siempre estaban borrachos hasta las cejas con la cara roja de whisky.

Es un cofre de madera y plástico con cierre hermético de un palmo de largo por cinco dedos de ancho.

Tenía unos adornos muy raros difíciles de describir ya que parecían algún tipo de idioma desconocido para mí.

Siempre preferí el dinero a las joyas por el inmediato beneficio. 

Por nada del mundo robaría joyas para venderlas.

Yo prefiero el dinero poca cantidad.

El dinero para vivir una o dos semanas no deja huellas.

Si robara una pulsera de oro tendría que venderla en algún sitio dejando testigos.

¿Qué le pasó a ese cofre?.

Antiguamente en el lado derecho de la playa se acumulaba más la arena por causa de las resacas marinas.

La roca en ese puntal tenía espacio para plantar una tienda de campaña.

Lo único que se tenía que hacer era escalarla un poco y enseguida estabas a media altura.

De hecho unos italianos la escalaron y estuvieron semanas durmiendo ahí.

Yo acumulaba dinero en ese cofre con tal de no guardarlo en mi cuenta de Caja Postal.

Mi problema surgió cuando conocí a Fiona, una alemana con mochila que conocí en un bar cercano al Balcón de Europa.

La invité a venirse conmigo a mi tienda de campaña en la playa Maro.

Estaba buenísima y era un escándalo verla caminar tan rubia por la orilla.

Le hice el amor un montón de veces y desde entonces me seguía los pasos como un ganso.

Lo peor fue que cuando tenía que echar mano del dinero que tenía escondido en el cofre.

A pesar de dejar claro que iba a pasear al rincón de la playa (a coger dinero) me seguía por detrás.

Yo no quería que supiera que tenía mucho dinero en ese cofre que ocultaba en el puntal.

Así que pasaron casi tres semanas y ella seguía conmigo.

No pude coger dinero del cofre y me veía obligado a sacar dinero de mi cuenta de Caja Postal en Nerja.

En los siguientes días se levantó una tormenta marina que duró al menos dos semanas.

Fiona ya se había ido cuando me di cuenta que la marejada había cambiado la fisionomía de la playa. 

El agua del mar invadió el puntal con el cofre de mi dinero.

Destrozó la roca que algunos escalaban  para tomar el sol.

Intenté buscar el lugar exacto donde enterré mi cofre pero fue imposible localizarlo.

Ese lado de la playa estaba desconocido totalmente.

El oleaje se había comido una parte del acantilado y había provocado desprendimientos.

Me salió caro mi relación con la hermosísima Fiona.

Nunca os diré cuánto dinero tenía entre dólares y libras esterlinas.

Sé que tenía mucho muchísimo.

Nadie se podía enterar.

Os lo cuento porque dinero en pesetas tenía para vivir al menos dos años.

Creo que tenía un montante de libras esterlinas para vivir cinco años y otros cinco más con dólares.

Eso por lo bajo.

Sé que mi cofre está ahí oculto entre ese amasijo de rocas del desprendimiento.

Estoy seguro que un día que vaya a la playa el mar me lo devolverá pidiendo disculpas por enamorarse de mi Fiona.



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